Cuba: Días de Trabajos Forzados. Por: Jesús Hernández Cuellar

Por su interés, reproducimos este articulo

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Fue la época en que Oswaldo Payá consiguió la llave de la parroquia de Nueva Gerona, abandonada e inactiva desde algún tiempo atrás, en medio del torbellino marxista-leninista y el acoso a los católicos. Payá comenzó a reunirse con jóvenes católicos en aquel lugar, y fue allí que se le escuchó decir, tal vez por primera vez, que nunca sería comunista, que nunca dejaría de ser católico, y que jamás abandonaría Cuba.

Muchos de nosotros logramos salir de Cuba años después, con las huellas de aquella experiencia a cuestas. —————–Treinta y cuatro años después, Oswaldo ha cumplido su promesa de no convertirse al comunismo, de seguir siendo católico, y de no abandonar Cuba.

Después de conocer su largo historial al frente del Movimiento Cristiano Liberación desde la década de los 80, y de su actual Proyecto Varela, para muchos de nosotros fue un honor conocerlo en las canteras de mármol de Isla de Pinos, un sitio que trasladó al temperamento entonces juvenil de cada uno de nosotros, un poco de su mármol, tal vez para que fuésemos más resistentes ante la horrible realidad política de nuestro país que aun hoy flagela a los cubanos.
Fuente:© CONTACTO Magazine 26 de mayo de 2003

Hace hoy 34 años, el 26 de mayo de 1969, varios miles de jóvenes cubanos fueron concentrados en el Estadio Latinoamericano de La Habana. Supuestamente habían sido reclutados para cumplir su Servicio Militar Obligatorio, de tres años de duración.

En cuestión de horas fueron trasladados a la terminal de trenes de la capital y más tarde partieron sin rumbo conocido hacia el interior de Cuba. La entonces provincia de Las Villas fue su destino final, pero sus familiares no lo sabían. Se les organizó por unidades de aproximadamente 500 hombres. Una de estas unidades partió hasta la región de Vueltas y fue finalmente asentada en dos campamentos, que previamente habían albergado a prisioneros comunes. El lugar con humanos más cercano era un granja llamada Chiqui Gómez, a seis kilómetros de los campamentos. El poblado de Vueltas estaba a unos 20 kilómetros.

Las duras jornadas de supuesto entrenamiento militar sorprendían a los jóvenes porque no había armas. Luego de 45 días, la preparación había concluido y las pruebas de tiro, que darían fe de la capacidad de los chicos para enfrentar “cualquier invasión del imperialismo yanqui”, se hicieron con escopetas de pelets y un viejo M-52. Todos aprobaron, aunque hubiesen fallado los tiros.

En pocos días fueron llevados al aeropuerto militar de Santa Clara y embarcados por avión rumbo a la tristemente célebre Isla de Pinos. Allá, al sur de la costa sur de La Habana, fueron acomodados en el área destinada a la guarnición del antiguo Presidio Modelo, convertido entonces en un museo. Su misión: trabajar de sol a sol en las canteras de mármol de Nueva Gerona. La edad promedio de los jóvenes era de 17 años. Su sueldo: siete pesos mensuales más comida y albergue.

Había estudiantes, seminaristas católicos, santeros, paleros, bautistas, evangelistas, testigos de Jehová, varios asmáticos, dos sordos, un loco, un retrasado mental, un músico y aspirante a tecnólogo llamado Humberto León, un poeta aficionado a la historia, Andrés Cárdenas, un joven de fe católica que más tarde se convertiría en un reconocido activista de derechos humanos, Oswaldo Payá, y un servidor.

En las canteras funcionaba el Combinado Industrial de la Construcción, y allí se mezclaban cemento y arena llevados en carretillas hasta enormes concreteras, se hacían bloques prefabricados de viviendas, se torcían columnas de acero, se soldaban piezas de metal y se analizaban los materiales a usar. A las pocas semanas se abandonó por completo el uniforme militar. En la unidad, que posteriormente se trasladó a unas naves de madera al pie de la cordillera de la Sierra de las Casas, había un solo M-52 que se usaba para las guardias nocturnas -luego no hubo más guardias- y una vieja pistola propiedad del jefe de la unidad. Un día, Napoleón, un joven negro loco se la robó y huyó. Finalmente lo encontraron sin incidentes que lamentar.

Los enfermos -sordos, locos, asmáticos y el retrasado mental- fueron finalmente dados de baja a los pocos meses. Los demás seguimos atados a las canteras, sitio en el que debíamos estar hasta mayo de 1972.

Nuestra unidad, sin duda alguna, funcionaba como un campo de trabajos forzados muy parecida a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), en las que se habían cometido atrocidades increíbles contra jóvenes cubanos entre 1964 y 1968. La mayoría de las víctimas de las UMAP eran homosexuales, y aquellos verdaderos campos de concentración fueron cerrados en el 68 ante numerosas presiones internacionales.

Sólo que nuestra unidad no tenía alambrada, ni se produjeron ataques de los militares con bayonetas, ni nos obligaron a trabajar de madrugada. Con el cierre de las UMAP, el gobierno cubano no resolvió el problema que lo había llevado a abrirlas: producir un castigo ejemplar a jóvenes descarriados. Aunque entre nosotros había muy pocos homosexuales, sí había jóvenes cuyos padres intentaron sacarlos de Cuba sin éxito en la década de los 60, u otros con fuertes convicciones religiosas. Ninguno de nosotros era candidato natural a convertirse en “el hombre nuevo” que proponía el Che. Y se nos castigó en las canteras de mármol durante tres años, como a delincuentes comunes.

Pero la juventud lo aguanta todo, y todo lo convierte en humor y diversión. Nuestros jefes eran campesinos con cierta preparación militar, pero muy poca. El jefe de la unidad, conocido como Caballo Loco, era apenas sargento de segunda clase. La mayoría de los jefes de compañías no tenían grado alguno.

En una ocasión, uno de los muchachos escuchaba en un radio de baterías el alunizaje del Apollo 11. Uno de los jefes lo sorprendió y le preguntó qué hacía. El joven, sin saber que escuchar aquella transmisión desde el extranjero era algo peligroso, le respondió: “Jefe, los americanos llegaron a la luna”.

Pero el jefe, que aparentemente tampoco sabía que en la Cuba de aquellos días escuchar algo así era propio de contrarrevolucionarios, le respondió:

“¡No comas mierda, muchacho. Tú no sabes lo mentirosos que son los americanos!”

Con mucho trabajo, convencimos al instructor político de que en uno de los albergues vacíos de la unidad, podíamos armar una biblioteca, con libros que cada uno haría traer desde su casa.

Designamos a uno de los reclutas como bibliotecario, y desde entonces cuando el instructor político se dirigía a él, lo llamaba así: “¡Oye, tú, biblioteco!”. Se volvió el hazme reir de los muchachos.

Una vez, el instructor político pronunció un discurso sobre Lenin. Atolondradamente cambiaba y combinaba las épocas arbitrariamente, llegando a decir que “el compañero Lenin venció a las hordas hitlerianas”. Cuando terminó, Humberto León y yo nos acercamos a él y le explicamos que Lenin había muerto en 1924 y que la invasión de Hitler a la Unión Soviética fue durante la Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945. Nos miró receloso y nos dijo:

“Tá bien. Menos mal que me lo dijeron aquí, aparte, porque si me lo dicen delante de la gente, van presos”.

Todos los días, algún que otro recluta se inventaba una enfermedad para no ir a trabajar, y los argumentos eran formidables. Le decían a los jefes que debían ir al médico porque tenían “una raíz cuadrada en el pie”, o “un logaritmo en la columna vertebral”. Eran pequeñas venganzas, explotando el lado débil de nuestros carceleros disfrazados de jefes militares.

Fue la época en que Oswaldo Payá consiguió la llave de la parroquia de Nueva Gerona, abandonada e inactiva desde algún tiempo atrás, en medio del torbellino marxista-leninista y el acoso a los católicos. Payá comenzó a reunirse con jóvenes católicos en aquel lugar, y fue allí que se le escuchó decir, tal vez por primera vez, que nunca sería comunista, que nunca dejaría de ser católico, y que jamás abandonaría Cuba.

Muchos de nosotros logramos salir de Cuba años después, con las huellas de aquella experiencia a cuestas. Andrés Cárdenas, ahora fisioterapista en Tampa, abandonó Cuba rumbo a España en 1979. Humberto León, que más tarde cumplió una condena de cuatro años de cárcel por escribir “propaganda enemiga”, salió hacia Costa Rica en 1984 y es hoy un programador de BellSouth en Miami. Treinta y cuatro años después, Oswaldo ha cumplido su promesa de no convertirse al comunismo, de seguir siendo católico, y de no abandonar Cuba.

Después de conocer su largo historial al frente del Movimiento Cristiano Liberación desde la década de los 80, y de su actual Proyecto Varela, para muchos de nosotros fue un honor conocerlo en las canteras de mármol de Isla de Pinos, un sitio que trasladó al temperamento entonces juvenil de cada uno de nosotros, un poco de su mármol, tal vez para que fuésemos más resistentes ante la horrible realidad política de nuestro país que aun hoy flagela a los cubanos.
Fuente:© CONTACTO Magazine 26 de mayo de 2003

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